La heterodoxa sexualidad de las series japonesas

De Documentos
Saltar a: navegación, buscar

La heterodoxa sexualidad de las series japonesas Primera época, 26 de noviembre de 1998

Julieta García González

"¿Yo? ¿Casarme con ese pervertido? ¡Nunca!"

Los superhéroes tienden a ser personajes que, por azares del destino, convierten una deformación o defecto en alguna virtud excepcional. Descontando a Superman, los demás superhéroes (y supermalos) son producto de errores de laboratorio, de piquetes de arañas modificadas genéticamente y de experimentos nucleares fallidos.

Ranma 1/2 se sirve de la misma fórmula para lanzar un superhéroe al océano de figuras que habitan en el mundo de los cómics y las caricaturas. Sin embargo, el giro que los creadores de Ranma le dieron a su personaje ha escandalizado y preocupado a más de uno: el joven experto en artes marciales se convierte en una linda pelirroja cada vez que su cuerpo entra en contacto con el agua fría. Si ésta fuera la única situación por la que pasara Ranma y sus creadores se hubieran centrado en su capacidad para lanzar patadas voladoras o en la forma como logra dominar, cuando está a punto de entrar en combate, sus ánimos y su cuerpo, otra cosa hubiera sido. Pero la "maldición" de Ranma es lo que lo convierte en un personaje especial, en un héroe distinto y en un icono de los dibujos animados de fines de siglo. Es la historia misma.

Según cuenta la leyenda, Genma, el padre de Ranma, llevó a su hijo a China a los famosísimos Manantiales Malditos de Jusenkyo. Ahí, probando una patada voladora de la suerte, padre e hijo terminaron hundidos en el agua sólo para descubrir después que sus cuerpos se transformaban. Ranma, curiosamente, en una chica francamente sexy, Genma nada menos que en un oso panda.

A partir de ese momento surge Ranma 1/2 porque, ¿qué mejor pretexto para generar una serie de conflictos, problemas, romances y locuras que tener un personaje que cambia de sexo con el agua?

Por otro lado, las caricaturas tienen otro ingrediente: el padre y el hijo siguen con su vida normalmente hasta que Genma decide asociarse con Soun, su mejor amigo, dueño de una escuela de artes marciales y padre de tres jovencitas: Kasumi, Nabiki y Akane. Para que todo salga bien en esta sociedad, Genma y Soun deciden matrimoniar a sus hijos y parte del pretexto para que se desarrolle una historia es la posible unión entre Akane y Ranma que tiene, desde luego, algunos altibajos.

Para los no iniciados en la caricatura —prohibida en algunos lugares de Estados Unidos y causa de que varios televisores se enciendan a escondidas de los padres en nuestro país— reproduciré a continuación la conversación con que empieza la relación entre Ranma y Akane. A Akane le dicen que la mejor pareja que podrá encontrar para casarse es Ranma...

Nabiki: Porque odias a los chicos, ¿no?

Kasumi: Así que tienes suerte Akane, ¡él es mitad chica!

Akane: ¿Yo? ¿Casarme con ese pervertido? ¡Nunca!

Ranma: ¡Oye! ¿Qué quieres decir con pervertido?

Akane: Me viste desnuda, sucio.

Ranma: Espera un segundo. Tú te acercaste a mí.

Akane: Ah, ¿sí? Bueno, pues es diferente cuando una chica ve a un chico.

Soun: ¿Ven? Ya son la pareja perfecta. (Risas)

Akane: ¡El es una pareja por sí mismo! No hay forma en el mundo de hacer que me case con alguien como eso.

Ranma: Ah, ¿sí? Pues yo siento exactamente lo mismo. ¡Adiós!

Akane: …

Ranma: Por cierto (mirando a Akane de arriba abajo), tú me echaste un buen vistazo también. Además, no es ninguna novedad para mí ver a una chica desnuda. Quiero decir, me he visto a mí mismo muchísimas veces, ¿no? Y estoy mejor constituido para... ja, ja, ja... ¡Ayyy! (Akane lo noquea con una mesa y lo deja en el piso).1

Evidentemente, Ranma 1/2 enfrenta al auditorio a una nueva forma de conceptuar a los héroes y a las situaciones que viven y enfrentan de manera cotidiana. Estamos poco preparados para hablar de sexualidad infantil, de transexualidad, de intersexualidad y de otros fenómenos que son, más que otra cosa, culturales, y que nos dejan con las manos atadas por la inexperiencia. ¿Cómo es posible que un personaje como Ranma forme parte del panteón fantástico de los niños? ¿Cómo asumir que son parte de su cultura y de su forma de aproximarse al mundo seres con una sexualidad indefinida o, más bien, definida por causas tan ajenas a su voluntad?

Si bien es cierto que el público de Ranma está constituido por niños de entre seis y 12 años —edad en la que se definen, según algunos psicoanalistas,2 las conductas sexuales— y el comportamiento de Ranma y sus compañeros dista de ser "normal", también es cierto que estas caricaturas, como en general el mundo lúdico de la televisión y, sobre todo, el que proviene de culturas diferentes a las nuestras, tienen que ser revisados en perspectiva. Ranma 1/2 no es la primer caricatura que aborda temas sexuales e inclusive de transexualidad. Las caricaturas japonesas han sido las pioneras en este terreno —hablo de las que están destinadas para el gran público infantil, no de las caricaturas pornográficas o eróticas que circulan en Occidente desde hace mucho tiempo—. A principios de los 80, La princesa caballero, también producción japonesa, causó conmoción en el terreno de las caricaturas. Su extraño personaje (una hermosa princesa que va en busca del amor disfrazada de caballero andante) era la pieza clave de una historia que reproducía una antiquísima trama (la de los sexos trasvestidos, muy común en el medievo y el Renacimiento) valiéndose de recursos poco comunes. En La princesa caballero se fusionaban, por ejemplo, las costumbres de los samurais con las de los caballeros medievales, de tal suerte que la princesa terminaba manejando sables, montando a caballo, viviendo en un castillo que parecía convento franciscano y sufriendo horrores. Obviamente, las mujeres se enamoraban de su apostura, los hombres sentían una atracción hacia su camarada y ella, con el pelo cortitito y una cara más bien andrógina, no cejaba en su intento de recuperar a su amor.

Desde antes que el manga y otras caricaturas japonesas formaran parte del repertorio de programas transmitidos en México, Señorita Cometa nos enseñó algo acerca de la moral japonesa. Los niños mexicanos vivieron por generaciones lo que significaba tener un hadanana de importación: a Cometa la castigaban por cosas que nunca entendíamos y la premiaban por cosas que nos parecían nimias o sencillamente ajenas. Nunca parecía haber una congruencia entre lo que sucedía en la pantalla y los resultados finales: castigos y beneplácitos parecían estar fuera de lugar. En comparación, Los locos Adams parecían muy normales. En Señorita Cometa todo era raro. Para empezar, comían en el piso y descalzos y actuaban como si la vida transcurriera normalmente hasta que algo se disparaba y todo se escapaba de la comprensión del televidente mexicano. El amor no era como debería ser (a Cometa se le castigaba por enamorarse); se jugaba con la muerte, los heridos y los fantasmas de una forma que aquí no compartíamos (pocas cosas más aterradoras que el capítulo "Bota, bota, la pelota"), y la animación de trapo, la caricatura y los humanos compartían la pantalla en un hecho sin precedentes. También el contacto físico tenía un formato distinto al utilizado en otros programas infantiles de la época.3 Las caricaturas que empezaron su imperio después de Señorita Cometa se ajustan a esquemas morales a los cuales no estamos acostumbrados.

A diferencia de las caricaturas de la Disney, la Warner o Hannah-Barbera, en las que todo son golpes y aventuras que empiezan y terminan en el mismo capítulo (sin la necesidad de encontrar un hilo conductor entre los eventos), las caricaturas japonesas se planearon como si fueran melodramas o telenovelas. Remy y Candy, Candy, por ejemplo, eran unos culebrones locos en los que los personajes sufrían un poco más conforme avanzaban los capítulos. La princesa también lo era, aunque más moderadamente. El amor, en estas caricaturas, era visto desde una perspectiva más bien adulta: los problemas para conseguir el verdadero amor, la atracción física, etcétera, formaban parte clara y concisa de las tramas. No es de sorprenderse, pues, que bajo este esquema aparezca ahora en una versión muy modernizada Ranma 1/2.

A mi juicio, Ranma reproduce valores y conceptos morales no occidentales con los cuales no nos identificamos plenamente. Los personajes son estereotipos de una cultura que nos es ajena. Algunos, como el profesor Happosai (un viejillo que se alimenta de lujuria y disfruta de mirar debajo de las faldas de las jovencitas), más bien nos escandalizan. Pero tal vez estemos mal interpretando la caricatura. Ranma, un hombre, tiene la oportunidad de vivir en carne propia lo que es ser mujer. El rol femenino no está devalorado ni mucho menos: los sexos viven una igualdad ideal. Los momentos de transexualidad suelen ser chuscos y nada dolorosos y le ofrecen a Ranma la posibilidad de relacionarse con ambos sexos desde un plano más bien privilegiado. El enojo de Akane en el capítulo en que se da cuenta del "defectito" de Ranma bien puede ser una atracción velada —como la que viven los adolescentes— y una fascinación por el fenómeno. Y el orgullo de Ranma demuestra una ausencia de complejos en cuanto a su sexualidad.

Aparentemente, nuestra aproximación a un fenómeno cultural como Ranma —que explora sin inhibiciones algunas formas de sexualidad— es más gazmoña que la de los japoneses. La oferta televisiva que tienen los niños mexicanos —que, sin duda, no se limitan a ver caricaturas— abarca programas que también hablan de una u otra manera de sexo. La cultura visual que vivimos hace que espectaculares, anuncios en la televisión y los medios impresos, el cine, etcétera, se valgan de imágenes cargadas de sexualidad para vender un producto determinado. Las historias románticas y de amor forman cada vez más parte de la cultura audiovisual de industrias como la cinematográfica y otras caricaturas no japonesas. Los niños son los espectadores, a veces involuntarios, de tal situación. Los modelos a seguir en cuanto a conducta sexual son tomados de los padres y los maestros o tutores, no de los medios. Son los padres quienes pueden explicar —una vez que los entiendan— fenómenos como el de Ranma. No creo que deban censurar la caricatura, sino aprender una aproximación sana a esa parte de la sexualidad y a culturas que no nos son tan familiares, pero que forman parte de nuestra vida cotidiana.


Notas

1 Tomado de Ranma and Akane: ment for each other, en www.geocities.com/Tokyo/Shrine/557f4/ranma_intro.htm.

2 Según Freud, de los seis a los 12 años es la etapa de "latencia" en la que no hay definición sexual pero se aprenden conductas sociales que posteriormente se aplicarán a las relaciones. Hoy, sin embargo, se considera que la edad para la elección de la preferencia sexual ha disminuido y los niños son más precoces. Para el psicoanalista José de Jesús González Núñez, et al, la elección de la sexualidad (...) y el abandono de las actitudes bisexuales y narcisistas para ser posible la orientación hacia el objeto heterosexual (...) se da hasta la adolescencia propiamente dicha (14 años). Teoría y técnica de la terapia psicoanalítica de adolescentes, Trillas, 1986.

3 Volviendo a los Adams, lo más cercano al erotismo eran los besos en el brazo de Morticia. Programas como Mi bella genio y Hechizada carecían completamente de tintes eróticos o sensuales.

Julieta García González, editora de cultura de etcétera, tiene 11 sobrinos.