Dragones y censura

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Dragones y censura

Primera época, 26 de noviembre de 1998

Manuel Gullén

Yo veo Ranma con mi hijo de nueve años

En la superficie está Carlos Cuauhtémoc Sánchez. Con él, todos aquellos que desearían volver a una época de represión y reglamentación sexual; figuras del disimulo, el ocultamiento y la intolerancia. Personas para quienes la crítica y la sospecha son lugares vedados, la libre elección, libertinaje, y la libertad de expresión una afrenta. Yacen en la cresta de una ola cuyos remolinos subacuáticos podrían rastrearse hasta fines del siglo XVIII:1 hasta las raíces mismas del conservadurismo.

Cierto, herederos como somos de la moral victoriana,2 cuesta trabajo volvernos contra nuestros discursos e instituciones para ver en sus pliegues las fuerzas que les dieron vida. Fuerzas que, las más de las veces, no son ni altas ni buenas ni bellas como se pretende.

Pero que cueste trabajo no autoriza a nadie a pasarlo por alto. A erigirse en censor y a imponer sus prejuicios a los otros. Condenar es fácil, justificar la condena razonablemente3 es difícil. Con todo, abundan los inquisidores quienes, por tradición, han tenido al arte como uno de sus blancos favoritos: casi no hay manifestación artística —desde las clásicas como la pintura y la literatura, hasta las modernas como el cine y los cómics— que no haya sido objeto de ataque por parte de los paladines de la moral. Si algo tienen los campeones de la censura es capacidad para encontrar dragones.

Por ejemplo, el caso de la serie de dibujos animados —de anime4 para ser más exactos— Ranma 1/2. De un tiempo a la fecha, desde que comenzó a transmitirse en televisión abierta en nuestro país, ha habido cierto alboroto por su contenido.

La caricatura está basada en la historieta de manga del mismo nombre, creada por la artista japonesa Rumiko Takahashi. En ella se narran las aventuras y desventuras del adolescente Ranma Saotome, jovencito que tiene la peculiaridad de ser unas veces hombre y otras mujer. Esto debido a que, en un viaje por los bosques de China, cayó en un lago encantado que le produjo tal maldición. A partir de ese momento, cada vez que Ranma toca el agua fría se convierte en mujer. Tal situación, claro está, mete al personaje en una serie de líos y equívocos de carácter sexual: es apuesto como hombre y bella como mujer, es deseado tanto por chicos como por chicas.

Cabe destacar que en el mundo fantástico creado por Takahashi no sólo el joven Saotome sufre metamorfosis sino también su padre, quien se convierte en panda, y dos de sus rivales en amores —que buscan conquistar a su secreta enamorada, Akane—, quienes se convierten en cerdo y cisne, respectivamente. Todos víctimas de los esotéricos manantiales chinos. Esa es toda la historia. Pura fantasía hilarante y, sí, subidita de tono.

Sin embargo, la serie se ha querido ver como un claro ejemplo de algo que debe ser censurado ya sea públicamente: que deje de salir al aire, o privadamente: mandar a dormir a los niños cuando la serie empiece. Por mi parte, no sólo permito que mi hijo de nueve años la vea, sino que le pido que me la cuente cuando me la pierdo. Hago esto por una sencilla razón: creo que educar a un hijo es más que taparle los ojos, callarle la boca y ensordecer sus oídos. Como ve Ranma, ha visto películas para adultos (como Los imperdonables y Pulp Fiction), noticias de guerra y policiacas y varios ejemplares de Playboy. Y no se crea que es mi conejillo de indias para demostrar alguna teoría psicológica o sociológica o que, simplemente, soy un perverso. El asunto es más simple. El mundo va a estar allí siempre, tal y como es, con sus crudos acontecimientos, diferentes manifestaciones artísticas y puntos de vista encontrados; todo ello independientemente de nuestros buenos deseos o malos prejuicios. Es —y ya con esto termino— como el linebacker al que le esperan 16 trepidantes encuentros de una temporada: si no hiciera cinco horas diarias de gimnasio, se sobrealimentara, practicara golpes y posiciones, sencillamente saldría con tres vértebras hechas polvo en el primer encuentro. Y no sé los campeones de la moral, pero yo no quiero que Luis —así se llama mi hijo— quede inválido al primer golpe.


Notas

1 Cfr. Michel Foucault, Historia de la sexualidad, t. 1: "La voluntad de saber", México, Siglo XXI, 1986.

2 Ibid, pp. 9-22.

3 Por justificación razonable entiendo aquel discurso que busca argumentar con validez para llegar a conclusiones verdaderas.

4 El manga y el anime son los modos del cómic japonés. El primero se refiere a las historietas y el segundo a los dibujos animados. Debe aclararse que, aunque el estilo es de Japón, ya es un género que se cultiva mundialmente.


Manuel Guillén es papá de Luis, que tiene nueve años.