!la manga, qué!

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Francisco Peña

Milenio 23 de Agosto 2003

Una noche nos acostamos tranquilos y, al despertar al día siguiente, todos estábamos convertidos en japonesitos y japonesitas asiduos lectores de manga y sus (des)variaciones: anime, hentai, etcétera.

En México las cosas empiezan al revés. Primero llegaron las series animadas japonesas (caricaturas, pues) que con el estilo manga nos contaban otro tipo de historias muy diferentes a las caricaturas gringas (y a las europeas que aún pasa el Canal 11). Así que, en medio de la pelotera de la programación del Canal 5, Voltron competía con Bugs Bunny, Los Caballeros del Zodiaco compartían pantalla con Disney; al final, Dragon Ball Z, Gokú, Gohan, Yayirobe y pandilla aplastaron a todos los demás de la mano de Pokémon y Digimon.

Claro, como debió comenzar la historia es con la llegada de los cómics a tierras americanas. Al menos así se hubiera dado un conocimiento real del desarrollo del manga y sus múltiples vertientes. Al menos así hubiéramos resistido la invasión de los monitos de grandes ojotes, matas de pelo barrocas y copetes increíbles. Ni tiempo de meternos una sobredosis de anestesia para soportar la invasión.

Ahora lo que tenemos es un culto snob, indiscriminado y esotérico de la manga. Chavos, chavas y uno que otro ruco despistado se arrodillan extasiados ante cualquier expresión de dibujo japonés, venga de donde venga. Hacen ruido y jalan adeptos a la nueva secta cultural que adora a esos seres made in Japan y animación barata de tres pesos.

Pero secta cultural al fin y al cabo, mientras presumen desde Sailor Moon hasta Me gumi no Daigo, y hablan de que hasta los gringos ya copian el manga en la serie televisiva Bey Bladders, circulan por abajo del agua entre los iniciados los verdaderos y adorados zamisdat de los conocedores: la porno manga (hentai).

Lo curioso del caso es que las ediciones de este género nipón vienen de Barcelona (¿de dónde más, pues?), se presumen los últimos números que van desde las aventuras de la colegiala Ángel hasta lo último en dibujitos sadomasoquistas saturados de ninfetas anoréxicas de pechos siliconados con miradas de borreguito a medio morir. Ya los meros meros del culto intercambian las revistas impresas en Japón y se despiden entre ellos diciendo arigato, como si hubieran nacido de una fantasía de la señorita Cometa y Meteoro.

Sólo unos pocos elegidos tienen en sus manos la manga neta del planeta, la que sí recoge la tradición artística del dibujo japonés y la expone en cómics con la delicadeza de un haiku escrito por un samurai. Pero la mayoría no sabe que los materiales que llegan a nuestro país son sólo el producto más comercial o porno de la manga.

En vez del trazo elegante y minimalista del dibujo y la caligrafía japonesa, verdadera riqueza cultural del país, ahora nos llegan monitos en donde la sobriedad se confunde con la pobreza de trazos. La explosión de manga comercial nos envuelve con adolescentes de uniforme y corbatita que en las ediciones de día se portan estúpidamente bien, mientras que en las ediciones nocturnas se portan perversamente mal.

En un extremo tenemos a Sailor Moon, dedicada a adolescentes japonesas con historias rosas que escurren miel por sus páginas hasta hacer un batidero pegajoso innenarrable. Por otro lado, esas mismas güeritas de trazos simples, ojotes azules y falditas escocesas son las mismas que, con el mismo estilo manga, tienen sexo con sus compañeros de clase, jardineros, perversos de todo tipo, extraterrestres con tentáculos que hacen honor a su nombre y claro, entre ellas mismas, produciendo en los lectores otro tipo de batidero pegajoso.

La bronca no es lo que hagan los personajes en las páginas románticas o porno, sino que el manga comercial tiene un nivel muy bajo de realización artística. Bajo el pretexto del trazo sencillo, mínimo y artístico del original, parece que a fuerzas se tiene que consumir dibujos mal hechos, pobres y sin imaginación. ¡Ah, pero es manga japonesa! Entonces nos tenemos que embelesar ante Ramma 1/2, estremecernos con las enseñanzas místicas de las Siete Esferas del Dragón de Dragon Ball Z y copiar el espíritu de equipo de Los Supercampeones (aunque sin el tal Oliver parece que no pueden hacer nada). No, pues sí. Prefiero divertirme con Bob Esponja.


¿Qué decir del manga animado, anime llamado, que llega a tierra azteca? Nada más basta pasarse una semana viendo Dragon Ball Z para ver durante capítulos interminables la misma y larguísima madriza entre el superzayayin Gokú y su enemigo Freezer. Todo adornado con los gughs, agghsss, ughhhsss, guajsss y demás sonidos pujidescos del superzayayincito Gohan (sus únicos diálogos posibles), mientras su papacito querido se transforma de moreno en güero para darle en su jefecita al villanazo.

¿Que es una serie de violencia injustificada? ¿Que lo mejor del dibujo manga se ha transformado en una animación donde todo gesto se ha reducido a abrir y cerrar la boca? ¿Que el misticismo oriental se ha convertido tan sólo en el grito de guerra del Kamekameha? Ni modo, eso es lo que estamos importando como el manga non plus ultra en revistas, juegos de video, serie de telera y juguetes de fayuca.

En el fondo ese es el cotorreo del manga. Meterlo como objeto de consumo, cultural y popular, por un lado darle status de producto de prestigio y, por el otro, llenar los puestos de fayuca del metro con revistas piratas, estampas y dibujos de cuarta. Claro, los picudos pueden comprar sus DVDs japoneses (eso sí, con letreritos en inglés pa entenderles) y sus revistas en tiendas especializadas, con títulos y personajes desconocidos para nosotros los pobres güeyes que no entendemos la esencia y el alma del manga, pero que ellos los iniciados sí conocen.

Entonces, mientras todos los involucrados en el manga comercial se meten nuestro escaso billete en su cartera, quieren que pelemos los ojotes al igual que sus personajes, extasiados ante sus cómics, animaciones y porno chafas. Quieren que nos arrodillemos ante la nueva moda cultural y que afirmemos que es la última Coca-Cola del desierto artístico. Sí, tú, ándale... O pa que me entiendan: ¡la manga, qué!